Encarna y Femia, las hilanderas de Karrantza

TEJEN A LA MANERA ARTESANAL
ELIXANE CASTRESANA - Deia - Miércoles, 8 de Junio de 2016 Encarna Rivas y Femia Múgica tejen a la manera artesanal y empleando lana recién esquilada
Encarna Rivas y Femia Múgica tejen a la manera artesanal y empleando lana recién esquilada

KARRANTZA 
- El reencuentro entre las dos amigas es una fiesta. Como cuando las familias se juntaban para esquilar a las ovejas, justo por estas fechas, y la jornada se alargaba con sobremesas eternas en un paisaje de postal. Hacía más de una década que Encarna Rivas, de 85 años, y Femia Rivas, de 81, no se veían. Las dos viven en Karrantza, pero en pueblos -como llaman a los barrios tan disgregados- diferentes, por lo que dependen del coche y de sus allegados para desplazarse. Vuelven a abrazarse en una charla junto a dos tazas de café y sus inseparables husos. Y es que ambas recibirán un homenaje el sábado en la feria de oveja carranzana cara negra en nombre de las hilanderas del valle que hicieron un arte del aprovechamiento de la lana.
“No me gustan las ovejas”, confiesa Encarna, que sigue cultivando su huerta en la zona de Sangrices y ayuda a su hijo a cuidar de sus panales de abejas. “Es que son más bobas...” bromea. En Karran-tza los pastores conocían por su nombre a cada una en rebaños de más de 300 ejemplares. El marido de Encarna, entre ellos. “Hasta cuando parían estaba pendiente por si había que ayudar”, recuerda. El campo se regía por normas que se interiorizaban en casa. Las mujeres estaban acostumbradas a quedarse solas al cuidado de los hijos mientras ellos guiaban al ganado en la trashumancia. De la misma forma, ni a Encarna ni a Femia les enseñaron a hilar “en verano” y tejer “en invierno, para hacer calcetines que abrigaran con las temperaturas tan bajas”, sino que “aprendimos solas a base de observar a nuestras mayores”, asiente Femia. “Carmenar, es decir, sacar el hilo con la mano, hilar y tejer”, recita en voz alta. Esos son los pasos que tantas veces han repetido.
De cada oveja podían salir unos “dos kilos y medio de lana, cuanto más fina y más blanca, mejor” para los mayoristas que llamaban a las puertas de los caseríos a por una materia prima de calidad con destino, seguramente, la industria textil. También los colchones y almohadas cotizaban alto, sobre todo si ya se les había dado cierto uso, porque “estaban más mullidos”, apunta Encarna. En el barrio de Lanzasagudas, donde reside Femia, se quedaron petrificados a mediados de los años cincuenta cuando se presentó una persona que quería llevarse toda la lana. Después averiguaron que el destino serían los colchones de un chalé de la costa cántabra que iba a alquilarse en verano para un incipiente turismo.
En aquella época por la lana llegaban a pagarse hasta cien pesetas por kilo. Unos ingresos que venían bien a las economías domésticas para preparar la logística de las fiestas populares que se convertían en verdaderos acontecimientos. “Así nos divertíamos. La radio llegó a mi casa cuando ya estaba casada y de la televisión ¡mejor ni hablamos!”, afirma Encarna. Una de esas ocasiones era el día en que se esquilaban las ovejas, con tijera y dibujando una forma parecida a una escalera. “Ahora lo ventilan rápido con máquinas que hacen cada oveja en poco más de un minuto”, comparan.
Como representantes de un mundo que no saben si perpetuarán las nuevas generaciones, les hace ilusión que se haya instituido una feria dedicada a la oveja carranzana cara negra. El sábado en Ambasaguas habrá una exposición de esta raza en peligro de extinción, paseos en pottoka para los niños, bertsolaris, comida popular herri kirolak y un encuentro de hilanderas y tejedoras. Allí estarán Encarna y Femia
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